lunes 21 de diciembre de 2009

Relaciones de mala vecindad

Así quedó la Embajada de Thailandia en Phnom Penh tras las manifestaciones de 2003. Y es que no se pueden tener embajadas inflamables en países vecinos con los que te llevas mal


Quería escribir una entrada sobre los últimos rifirrafes que ha habido entre Thailandia y Camboya. Empecé a investigar para ponerlos en contexto y para cuando me quise dar cuenta ya me había remontado al siglo XV. O sea que el mal rollo entre ambos viene de antiguo.

Los khmeres fueron la potencia dominante en Indochina hasta el siglo XIV, en que empezaron su decadencia. Desde comienzos del siglo XV una de las aficiones de los reyes thailandeses en los fines de semana era invadir Angkor y llevarse lo que encontrasen. Incluso hay una leyenda histórica, que muchos thailandeses creen verdadera, que cuenta que a finales del siglo XVI, mientras el gran rey thailandés Naresuan andaba luchando contra los birmanos, el rey khmer Chetta I aprovechó para hacer lo que se suele hacer en estos casos: apuñalarle por la espalda. Naresuan replicó, derrotando a Chetta I, al que capturó y, humillación de humillaciones, cuya sangre utilizó para lavarse los pies. Los pies no le quedarían muy limpios, pero lo que contaba era hacer algo que jodiera de verdad a los camboyanos. La realidad es que efectivamente Naresuan derrotó a Chetta I y conquistó Lovek, su capital, aunque Chetta I logró escapar a Laos. Pero en Historia a veces más importante que lo que ocurrió es lo que los descendientes creemos que ocurrió.

Para finales del siglo XIX Camboya era un país deshecho con el que Vietnam y Tailandia jugaban como querían. En 1794, tras un período de anarquía, un protegido de Thailandia, Ang Eng, ascendió al trono camboyano. Eng era muy agradecido y regaló a sus protectores la provincia de Battambang, que incluía las ruinas de Angkor Wat. No fue un regalo que le costara mucho, ya que en todo caso su autoridad no se extendía mucho más allá de los límites de la capital y todavía no se había descubierto la de dinero que podía dar el turismo. Su sucesor, Ang Chan, llevó peor el dominio tailandés y decidió escapar de la sartén thailandesa para arrojarse a las llamas simpatías. Camboya fue deslizándose hacia la órbita de Vietnam, a pesar de los esfuerzos thailandeses porque no fuese así. Eso sí, las patadas que se daban vietnamitas y thailandeses por el dominio del país terminaban en los culos de los camboyanos.

En 1848 Camboya logró disfrutar de un poco de paz cuando los thailandeses colocaron en el trono a Ang Duang, que era poco más que un gobernador thailandés dignificado. Fue Duang el que empezó a coquetear tímidamente con los franceses, aunque su situación se la dejó muy clara a un misionero francés: “¿Qué queréis que haga? Tengo dos amos que siempre me tienen el ojo echado. Son mis vecinos y Francia está muy lejos.” Eso era no contar con Napoleón III, que tenía ganas de jugar a emperador y le molaba imitar a la reina Victoria con eso de poseer un Imperio colonial donde no se ponía el sol.

Pero mientras tanto camboyanos como tailandeses se daban cuenta de eso, los segundos trataban a los primeros como a unos meros subordinados a los que se podía pedir cualquier cosa. En 1860 el rey Rama IV de Thailandia se antojó de tener un recuerdo de Camboya y pidió que desmontasen un templo khmer y se lo mandasen. Las crónicas no especifican si lo quería envuelto para regalo o no. El encargado le dijo que los templos de Angkor eran un pelín grandes para eso. El rey decidió conformarse con un templito más pequeño, el de Prasat Ta Prohm. Los peones camboyanos que tenían que colaborar en el traslado se cogieron un rebote; tal vez la paga fuese insuficiente, tal vez les indignase el expolio al que iban a someter a su país, o tal vez ambas cosas, y mataron a los responsables thailandeses de la operación. El rey Rama IV tuvo que conformarse con que le hicieran una maqueta a escala muy aparente, que hoy puede verse en el Templo del Buda Esmeralda en Bangkok.

En 1863 el entonces rey Norodom firmó un tratado secreto con los franceses por el que, a cambio de su protección, les hacía concesiones forestales y de yacimientos mineros. Cuando sus señoritos thailandeses se enteraron se mosquearon bastante. Norodom se apresuró a efectuar una declaración, que esta vez tenía que permanecer secreta a los franceses: “Deseo ser siervo del Rey de Tailandia, para su gloria, hasta el fin de mi vida. Mi corazón nunca cambia”. Bueno, su corazón algo sí que debió cambiar, porque al año siguiente, cuando quiso ser coronado rey, la ceremonia fue copatrocinada por Tailandia y Francia, cuyos representantes casi llegaron a las tortas por cuestiones de precedencia. A la larga los tailandeses comprendieron que no eran lo suficientemente fuertes como para oponerse al colonialismo francés y en 1867 aceptaron que Francia estableciese su protectorado sobre Camboya, a cambio del reconocimiento de que las provincias de Battambang y Siem Reap le pertenecían. En 1907, en el marco de la gran delimitación fronteriza que se efectuó entre Thailandia y las posesiones coloniales francesas, Battambang y Siem Reap volvieron a Camboya. A finales de 1940, Thailandia pensó que el momento de la revancha había llegado: Francia había sido derrotada unos meses antes por Alemania y no se encontraba en condiciones de hacer muchas chulerías. La guerra franco-thailandesa fue breve y victoriosa para los thailandeses, que recuperaron Battambang y parte de Siem Reap, aunque no Angkor Wat. En 1945 tuvieron que devolver lo conquistado, cuando al final resultó que, pese a Vichy y al colaboracionismo (hubo muchísimos más franceses colaboracionistas que resistentes), gracias a De Gaulle Francia logró estar junto a las potencias ganadoras de la II Guerra Mundial. Un gran monumento en Bangkok recuerda aquella guerra victoriosa, que permitió a los thailandeses recuperar durante cuatro breves años sus antiguos dominios, cuya pérdida sigue escociéndoles 100 años después.

En los 50 Thailandia inauguró una práctica que continuaría años después, dando asilo a los enemigos del gobierno camboyano. Entre 1952 y 1954 ofreció asilo y un apoyo discreto al político nacionalista Son Ngoc Thanh que tenía una empanada mental considerable, que mezclaba nacionalismo, admiración por los japoneses e interés por el socialismo a partes iguales, y consideraba a Norodom Sihanouk, el rey entronizado por los franceses como una mera marioneta del colonialismo. Tras los Acuerdos de Ginebra de 1954 las oportunidades de Thanh de alcanzar el poder en Camboya se acercaron a cero. Ello no impidió que los tailandeses siguieran ofreciéndole algún apoyo; les venía muy bien cuando querían tocarle las narices a Sihanouk.

Fue en esos años cuando se inició el mal rollo sobre el templo de Preah Vihear. El templo fue construido por los khmeres entre los siglos X y XII y se encuentra en la frontera entre Thailandia y Camboya. Tras el fin del protectorado francés, Thailandia ocupó el templo; sus modales habían mejorado: ya no ocupaba provincias, sino templos. Camboya recurrió al Tribunal Internacional de Justicia y Thailandia aceptó someterse a su veredicto. Para dirimir la cuestión había dos datos esenciales: en 1904 Thailandia y las autoridades coloniales francesas habían delimitado la frontera y la habían fijado en el parteaguas de la cordillera Dangrek, lo que situaba la mayor parte del complejo del templo en territorio thailandés; sin embargo, un mapa topográfico francés de 1907, que Thailandia nunca atacó, aunque tuvo conocimiento de él, ubicó el templo en territorio camboyano. En 1962 el Tribunal atribuyó el templo a Camboya. Thailandia no apeló la sentencia pero se quedó refunfuñando, como se vería muchos años después.

Durante los años siguientes las relaciones camboyano-thailandesas fueron más difíciles aún si cabe. En las guerras de Indochina, Thailandia había escogido claramente el campo pro-norteamericano. Camboya estaba más cerca del ojo del huracán y su rey, Norodom Sihanouk pensó que la única opción con posibilidades era un neutralismo algo escorado hacia el campo socialista, lo justo para no tener contentos ni a norteamericanos ni a comunistas. Un chiste tailandés de aquellos años era el siguiente: ¿qué color (“si” en thailandés; por ejemplo, “si-daeng” significa “rojo”, “si-dam”, “negro”) no les gusta nada de nada a los tailandeses? El si-hanouk.

El derrocamiento de Sihanouk en 1970 y la instauración de la República Khmer mejoraron brevemente las relaciones entre ambos países. Irónicamente, a partir de 1973, Thailandia empezó a adoptar una postura que se asemejaba a la que previamente había adoptado el denostado Sihanouk. Por un lado, las protestas ciudadanas de 1973 forzaron a un cierto replanteamiento de la política exterior del país. Durante un par de años, el Ejército thailandés, completamente pro-norteamericano, tuvo que jugar con más discreción su papel en la determinación de la política exterior. Por otro lado, la firma de los Acuerdos de Paz de Ginebra parecía presagiar el riesgo de que EEUU abandonara Indochina, con lo que se hizo de rigor un acercamiento a los comunistas Vietnam del Norte y China popular y a sus aliados del khmer rojo.

Thailandia, sin dejar de ser pro-norteamericana, supo maniobrar muy bien en esas aguas turbulentas e incluso intentó mediar entre los khmer rojos y el régimen republicano de Lon Nol para asegurar una salida pacífica a la guerra civil camboyana. El 18 de abril de 1975, apenas tres días después del final de la República Khmer, Thailandia se apresuró a reconocer el régimen de los khmeres rojos. Enseguida, se restableció el comercio transfronterizo (contrabando es un palabro muy feo) entre los dos países y Camboya empezó a aprovisionarse de gasolina y arroz en Thailandia.

No es que Thailandia se sintiese muy cómoda teniendo por vecino a un régimen comunista radical, pero los thailandeses siempre han sabido adaptarse a lo que hay. Los khmeres rojos fueron para Thailandia, igual que para el resto del mundo, una fuente continua de problemas. Por primera vez en varios siglos eran los camboyanos los que les causaban dolores de cabeza a los thailandeses y no al contrario. El 12 de mayo de 1975 los khmeres rojos dieron una semana a los thailandeses para que se retiraran un kilómetro de la línea de demarcación en Trat, alegando que habían ocupado ese territorio ilegalmente durante el régimen de Lon Nol. Hubo choques fronterizos en las zonas de Surin y Aranyapratet-Poipet. Varios pesqueros tailandeses que faenaban en la zona fueron atacados. En fin, los khmeres rojos haciendo amigos. Bueno, los thailandeses también ponían de su parte: el Ejército thailandés, que hacía la guerra por su cuenta y nunca mejor dicho, permitía que fuerzas derechistas camboyanas utilizasen territorio thailandés para lanzar ataques contra Camboya.

La política a veces crea extraños compañeros de cama. A finales de 1978 una invasión vietnamita acabó con el régimen de los khmeres rojos e impuso un régimen pro-vietnamita en Camboya. De pronto, Thailandia descubrió que añoraba mucho a aquellos simpáticos genocidas que había tenido como vecinos durante tres años. Por un lado, la imposición de un régimen pro-vietnamita mostraba que en el último capítulo de la rivalidad vietnamita-thailandesa por controlar Camboya, los odiados vietnamitas habían sido los vencedores. Por otro, la lógica de la Guerra Fría hizo que los aliados de los soviéticos (en este caso, los vietnamitas) se convirtiesen automáticamente en enemigos de los estadounidenses y los chinos, con lo que los enemigos de aquéllos (en este caso, los khmeres rojos), se convertían en mis amigos. Tapándose las narices para no sentir el hedor a muerte, EEUU y sus aliados asiáticos, especialmente Thailandia y Singapur, se dispusieron a ayudar a los khmeres rojos, porque eran amiguitos de los chinos y andaban fastidiando a los vietnamitas.

Thailandia, un poco a regañadientes, aceptó acoger los campos de refugiados camboyanos tras la caída de los khmeres rojos y sin ningún regañadiente aceptó que las guerrillas anti-vietnamitas utilizasen su suelo para realizar incursiones en Camboya. Thailandia tuvo desde el primer momento muy claras las implicaciones estratégicas de la situación y mucho menos claras las humanitarias. Tardó casi un año en reconocer que los camboyanos que habían entrado en su país eran refugiados y no inmigrantes ilegales y tardó el mismo tiempo en permitir que UNICEF y la Cruz Roja empezasen a asistirles. La situación se vio complicada por el hecho de que distintos campos caían bajo el control de distintas facciones camboyanas, las cuales también tenían claro que lo primero es lo primero y lo primero era tocarles las narices a los vietnamitas y a sus aliados. Los refugiados podían esperar.

A finales de los 80, la situación empezó a cambiar con la caída del Muro de Berlín y la retirada de las tropas vietnamitas. Todos los que habían estado asegurándose de que Camboya se cociese a fuego lento, perdieron interés. Camboya había dejado de ser un sitio donde tocarles los huevecillos a los soviéticos, que estaban dejando de ser soviéticos, y a sus aliados. Entonces vinieron las prisas por buscar la paz, la Autoridad de Transición promovida por NNUU, las primeras elecciones y la constitución de un gobierno legítimo. Camboya volvía a ser un país normal y ya las malas relaciones con Thailandia se podían gestionar por los cauces que los malos vecinos suelen gestionar sus relaciones: pataditas, zancadillas e insultos. No es agradable, pero siempre es mejor que cortarle la cabeza al rey del otro país para lavarse los pies con su sangre.

El 18 de enero de 2003 un periódico camboyano recogió declaraciones de la actriz thailandesa Suvanant Kongying en las que afirmaba que Angkor Wat pertenecía a Thailandia y le debería ser devuelto. Los camboyanos debieron de pensar que cuatro siglos de chuleo son muchos siglos y salieron a las calles indignados. En Phnom Penh quemaron la Embajada de Thailandia, banderas thailandesas y fotos del Rey de Thailandia, asaltaron restaurantes thailandeses y hoteles pertenecientes a ciudadanos de ese país. Las oficinas de Shin Corp, la compañía del entonces Primer Ministro tailandés Thaksin Shinawatra, fueron atacadas. Thai Airways suspendió sus vuelos a Phnom Penh. Ambos países rebajaron sus relaciones a nivel de Encargados de Negocios. Se prohibió la emisión de películas y telenovelas thailandesas en las cadenas camboyanas. Y lo mejor del caso es que parece que Suyanant Kongying nunca dijo las palabras que se le atribuyeron.

Cuando los ecos de aquel incidente se habían apagado, va Camboya en 2008 y tiene la idea de solicitar que la UNESCO declare el templo de Preah Vihear patrimonio de la Humanidad. Thailandia montó en cólera, dijo que primero había que consultarle, que no estaba tan claro a quién pertenecía el templo. Ya se habían olvidado que había una sentencia del Tribunal Internacional de Justicia de 1962. Si uno fuese malpensado, podría creer que dada la complicada situación interna thailandesa, su gobierno andaba buscando alguna distracción y nada mejor que una querella con el viejo vecino camboyano.

Los dirigentes thailandeses descubrieron lo que todos los políticos acaban descubriendo antes o después: que es más fácil crear un conflicto que solucionarlo. Lo que pudo haber empezado como una mezcla de orgullo patriótico y distraer la atención se ha convertido en un conflicto enconado entre los dos vecinos, que hizo que en el verano de 2008 algunos temieran que pudieran llegar a las manos. El asunto se saldó con algunos tiros y un par de muertos, que seguramente carecerían de los estudios necesarios como para apreciar que estaban muriendo por la posesión de un templo shivaista del siglo XI-XII, construido bajo los reinados de los reyes Suryavarman I y Suryavarman II, que tiene la peculiaridad de haber sido construido siguiendo un eje norte-sur. Ésta es la tristeza de morir analfabeto.

Ya que los thailandeses le tocaban las narices con el templo, el Primer Ministro camboyano Hun Sen, decidió hacer lo propio con las narices de los thailandeses y les dio donde más les podía doler: Thaksin Shinawatra. A comienzos de noviembre de 2009 le nombró “asesor económico del Gobierno” y le dijo al Gobierno thailandés que podían meterse la orden de extradición por donde…, bueno lo dijo con un lenguaje más diplomático, pero el mensaje sonó idéntico.

¿Y ahora?, podría preguntarse cualquiera que leyera esta entrada. Pues ahora no lo sé, pero estoy convencido de que en estos mismos instantes en Bangkok y en Phnom Penh hay alguien que está meditando la siguiente putadita que le va a hacer al vecino.

sábado 19 de diciembre de 2009

Es Navidad en Singapur


Odio que los anunciantes y los grandes almacenes me hablen de lo entrañable que es la Navidad, cuando los valores navideños se la traen floja y lo único que quieren es que consuma. Por eso agradezco la honestidad de los de Visa. Nada de hablar de la familia, ni del cariño, ni de las tradiciones. Van directos al grano: "Ve y disfruta de las navidades con Visa".
Y para que quede bien claro, un Papa Noel con cara de haberse fumado algo (a menos que sea el medio pedete de llevar dos semanas enlazando cenas de Navidad diversas), va con una bolsa cargada de regalos que, uno supone, adquirió con su tarjeta visa.
La magna campaña tiene además su toque entre kitsch y esperpéntico: los renos del trineo de Papa Noel convertidos en modelos de alta costura. ¡Y además anoréxicas!






Singapur es una ciudad en la que conviven todas las religiones. Lo mismo se celebra el nacimiento de Buda, que el fin del Ramadán, que las Navidades. Tal vez sea que sus fieles hayan comprendido que, más allá de las diferencias accesorias, todos adoran al mismo Dios: el consumo.


jueves 17 de diciembre de 2009

Francisco Franco, filósofo


El acontecimiento más relevante en el pensamiento español del siglo XX ocurrió en 1941, durante el segundo mandato del Presidente Azaña. En ese año el Capitán General de las Islas Canarias, el General Francisco Franco, anunció que abandonaba el Ejército ( "ya me aburría la carrera militar", declaró), que se separaba de su mujer ("era una cretina que me tenía en un puño", afirmó) y que apostataba de la religión católica ("no me siento cómodo con una Iglesia que se ha acomodado con el nazismo; eso no es catolicismo apostólico, sino nazional-catolicismo", aseveró). Aún vibraba el escándalo que ocasionó su gesto, cuando se retiró a vivir a Tetuán y dio lugar a un nuevo escándalo, al convertirse al Islam. Al parecer ya había manifestado algún interés por la religión musulmana durante la época de la Guerra de Marruecos, pero lo había ocultado, sabedor de los efectos desfavorables que tendría para su carrera. Ahora que había vuelto a la vida civil, sintió que por fin podía dar rienda suelta a ese interés.
En los años siguientes recibió toda una serie de visitas en su modesto domicilio de Tetuán. No fueron pocos los escritores y pensadores que, intrigados por el cambio de vida de Franco, quisieron conocer sus motivos de primera mano. Uno de estos visitantes fue José María Pemán, quien, justo tras su encuentro con Franco, comenzó a componer su obra más conocida, "El Divino impaciente", basada en la vida de Ibn-Arabí. Más eco tuvo la visita que le hizo el 28 de mayo de 1944 Josemaría Escrivá de Balaguer, que era un sacerdote de cierto renombre en la sociedad madrileña de aquellos años. Se ignora lo que hablaron en ese encuentro, pero tres días después Escrivá de Balaguer colgó los hábitos y viajó a La Meca, donde se convirtió al Islam. Más tarde, en 1947, fundó la cofradía sufí La Obra de Allah.

En ese mismo año de 1947, Franco publicó su primer libro de pensamiento: "Raza". Preguntado por el porqué de un título tan inapropiado para una obra filosófica, Franco respondió: "La palabra raza nos hace pensar en las leyes de la genética, en aquello que nos viene ya determinado, que es ineludible. Si leemos la palabra al revés, tenemos azar, que es su opuesto. El azar es lo espontáneo, lo imprevisible. Raza junta en una misma palabra los dos conceptos y apunta a una realidad única, más allá de las falsas dualidades de la vida cotidiana". Esta obra densa que intenta ofrecer una visión no dual de la realidad no fue entendida en su tiempo y aún hoy son pocos los pensadores que se atrevan a decir que han logrado captar su mensaje.

En otro giro copernicano a su carrera, Franco abjuró del Islam en 1953. "La única realidad es el silencio. Las etiquetas sobran. Cristianismo, Islam, judaismo, no significan nada frente a lo Absoluto". Cuando se intentaba que se definiese de alguna manera, respondía indefectiblemente: "Soy, sencillamente, franquista".
En 1955 publicó su obra cumbre, "Las Leyes del Movimiento". Si el título de su obra anterior ya había despertado especulaciones, también en este caso los estudiosos se preguntaron el porqué de un título así. "Al elegir la palabra movimiento quiero aludir a la condición contingente de todas las cosas. Las cosas carecen de ser en sí. Son un mero fluir, un movimiento". La obra se estructura como si consistiera en una serie de textos legislativos, donde, de manera articulada, se analiza la contingencia de todo lo existente. La última parte, la titulada La Ley de Sucesión, termina con el aforismo "Todo queda atado y bien atado", cuya interpretación ha hecho correr ríos de tinta. Señalemos una pequeña humorada que Franco se permite en este texto que no alude a Dios en ningún momento: como autor pone "Francisco Franco, Filósofo por la Gracia de Dios".

Tras la publicación de "Las Leyes del Movimiento" Franco no publicó ya nada más hasta su muerte el 20 de noviembre de 1975. Tal vez le pasara como a Wittgenstein, que sintió que ya había dicho todo lo que tenía que decir y que más allá de cierta frontera lo más elocuente es el silencio.

Una obra tan extraordinaria y desasosegante como la de Franco ha causado la admiración de muchos, pero son pocos los que realmente se han atrevido a penetrar en ella y a tratar de extraerle sus últimos significados. Recientemente, el pensador madrileño José María Aznar ha intentado recuperar la obra de Franco y darle nueva vigencia. Sin embargo, los resultados de las Jornadas Filosóficas celebradas en Madrid en 2004 mostraron que el pensamiento franquista ya es irrecuperable.

martes 15 de diciembre de 2009

El mundo es curvo (2)

Resultan interesantes sus comentarios sobre la crisis de las hipotecas basura. Reconoce que su primera reacción en el verano de 2007 fue de incredulidad. Las hipotecas basura representaban como mucho 200.000 millones de $ en un mundo en el que se mueven centenares de billones. Además, hacía meses que los mercados estaban anticipando el pinchazo de esa burbuja. La crisis de las hipotecas basura saltó pronto al mercado de notas promisorias, que son unos instrumentos que generalmente se han considerado como inversiones seguras. Las Bolsas cayeron. La desconfianza cundió; nadie quería prestar dinero a nadie. El único lugar seguro parecían los bonos del Tesoro y a ellos se encaminó la liquidez que quedaba en el sistema.

La explicación que Smick ofrece a la crisis no es novedosa. La cuestión no fue el volumen de las hipotecas basuras, sino cómo las instituciones financieras norteamericanas habían dividido esas hipotecas arriesgadas en productos financieros mixtos, que luego habían colocado entre los intermediarios financieros de Asia y Europa. Con esta jugada, además de hacerse de oro, los financieros norteamericanos creían que habían inventado la manera de hacer una tortilla sin cascar los huevos. Se imaginaban que si repartían el riesgo por todo el sistema en piececitas pequeñitas, el riesgo desaparecería. Es decir, si le otorgo una hipoteca de 100.000 euros a un desempleado, sin familia y con cáncer de 97 años, corro el gran riesgo de perder 100.000 euros. Pero si esa hipoteca la reparto en 100.000 paquetitos de 1 euro cada uno, ese riesgo queda repartido entre 100.000 personas para las cuales perder 1 euro tampoco supone gran cosa. Mejor todavía, creo productos financieros donde junto el riesgo de esa hipoteca con el de otra de 20.000 euros que concedí a la sobrina de Emilio Botín. Además de hacer que parezca todo menos arriesgado, mareo tanto la perdiz que el comprador del producto al final no sabe qué riesgo está asumiendo. En abstracto la idea podía parecer brillante. En la práctica cada uno de esos productos financieros resultó ser una célula cancerosa que extendió por el organismo financiero el cáncer del riesgo de las hipotecas basura.

En palabras de Smick: "Es importante recordar que la cuestión aquí no era el tamaño del caos de las hipoteca basura; los mercados financieros podían imaginárselo. La cuestión era dónde se encontraba la basura tóxica. ¿Quién tenía el cáncer y quién estaba sano? Al final era una cuestión de información o de falta de ella. Y pronto un mercado financiero global escéptico miraría más allá del problema de las hipotecas basura y comenzaría a cuestionarse la credibilidad de una de las principales arterias del sistema crediticio global, el mercado de valores negociados." De pronto resultó que la economía global se había vuelto tan interconectada que un problema en un mercado acababa teniendo repercusiones en sectores y países que parecían muy alejados. Smick no lo dice, pero esto me recuerda mucho a los sistemas caóticos, una de cuyas características es que un hecho menor puede tener repercusiones desproporcionadas.

Smick señala lo irónico que es que la famosa burbuja de las hipotecas basuras no sea sino la menor de todas las burbujas entre las que nos movemos. Otras burbujas que están en el aire esperando reventar son: la deuda de las tarjetas de crédito (2'5 billones de dólares), la deuda de los mercados emergentes (5 billones de $), la burbuja de los derivados de materias primas (9 billones $), la de la deuda empresarial (15 millones $), la del mercado inmobiliario de oficinas (25 billones $), la de los derivados de los mercados de divisas (40 billones $) y la posible burbuja de la cobertura de riesgos crediticios (50 billones $). Y lo grave es que, como señala Smick, "Probablemente se estén preguntando: ¿Qué ocurrio con la novena burbuja potencial? Es la burbuja creciente de los mercados de bonos del Tesoro." Los distintos gobiernos han lanzado paquetes de ayuda financiera para salir de la crisis. Los tipos de interés no van a subir mientras no tengamos una recuperación sólida. El peligro está en que todos los gobiernos están acudiendo al mismo mercado financiero y no sólo compiten entre sí, sino que también compiten con las empresas que buscan financiación.

Para terminar de arreglar el panorama, Smick describe una situación económica global que no es halagüeña. EEUU se ha vuelto dependiente del capital exterior para cubrir su deuda y se ha enganchado al consumismo desaforado. Los mercados emergentes, incluida China, se han vuelto dependientes de sus exportaciones. Con la crisis, los mercados emergentes han visto cómo su modelo hacía aguas, ya que sus importadores han reducido sus compras. Durante años, esos mercados energentes ganaron tanto dinero exportando, que sus líderes no se preocuparon por aumentar la base consumidora de sus economías. Cuando sus mercados de exportación han colapsado, han descubierto que no tenían un mercado interno que pudiera reemplazarlos. Por su parte, EEUU nadaba en un dinero tan fácil, que sus tipos de interés cayeron por los suelos y el precio del riesgo financiero se hundió. Parecía que siempre habría dinero disponible para tapar cualquier agujero. EEUU pudo haber estado en el origen de la crisis actual, pero Europa no va a salir de rositas. Los bancos europeos han invertido mucho en los mercados emergentes y como haya problemas en ellos, se van a enterar. Por otra parte, tanto China como EEUU tienen interés en un euro fuerte y a los productores europeos, que les den por ahí. La única solución para Smick es que EEUU aprenda a consumir menos, ahorrar más e invertir de manera más equilibrada y que los mercados emergentes estimulen la demanda interna. Smick piensa que nos adentramos en tiempos desglobalizadores.

Sobre los escenarios de cara al futuro, el que más me ha interesado es el que Smick presenta, obra de Tadeshi Nakamae. Nakamae es un estratega global independiente, que preside Nakamae International Economic Research. Nakamae estima que hemos entrado en una fase de exceso de capacidad productiva, tanto en bienes como en servicios. Nakame piensa que la tendencia es que los gobiernos intenten ejercer mayor control sobre sus economías. El neoliberalismo económico está en retirada. El exceso de capacidad seguirá acelerándose y acarreará una subida en los precios de las materias primas. A medida que vean que la exportación de productos manufacturados tiene rendimientos decrecientes ante la fiera competencia de los demás productores, los mercados emergentes se volcarán en el sector servicios de sus economías. La tendencia será al proteccionismo tanto en bienes como en servicios. China, viendo que su modelo se colapsa, optará por inundar los mercados con todavía más bienes baratos. EEUU y Europa utilizarán las medidas energéticas y medioambientales para elevar barreras no tarifarias a los bienes procedentes de Asia. Los países asiáticos recurrirán a desarrollar sus mercados internos, tarea laboriosa, y adoptarán medidas proteccionistas ante los productos europeos y norteamericanos.

Por suerte hay otros escenarios posibles y menos apocalípticos, "... si se sigue permitiendo al capital global moverse libremente por el mundo. Las economías modernas de libre mercado con el tiempo pueden ser muy flexibles a la hora de superar los problemas." Esto más que una afirmación científica, me parece una declaración de fe: créame, el mismo sistema que no supo prever y nos llevó a esta crisis, sabrá resolverla. Curiosamente, lo primero que ha hecho el sistema ante la crisis ha sido romper sus propias reglas y pedir a los gobiernos que intervinieran inyectando dinero.

Como todo libro de economía actual que se precie, "The world is curved" incluye un capítulo sobre China. El mismo título del capítulo deja muy claro lo que Smick piensa del gigante asiático: "Tony Soprano cabalga el dragón chino." Al menos tiene la honestidad de reconocer que tiene un prejuicio negativo contra China, porque a comienzos de los 90 se metió con un grupo de inversores en un proyecto llamado "China Cement", en el que perdió una buena cantidad de dinero. La lección que aprendió fue que en China "nunca jamás dejes dinero encima de la mesa que no esté ligadoa un intercambio de un bien o servicio relativamente inmediato."

Ahora que está tan de moda decir que China será la gran potencia del siglo XXI, Smick recuerda vaticinios similares que se hicieron en el pasado: durante las dos primeras décadas del siglo 20 muchos apostaban por Argentina como la gran potencia del futuro; algunas de las ven tajas que tenía sobre EEUU eran: una población más homogénea y sin problemas raciales y una distribución de recursos más equilibrada. Un artículo de "Foreign Affairs" escrito en 1957 afirmaba que la economía soviética, que estaba creciendo a un ritmo tres veces mayor que la norteamericana, se impondría en la década de los setenta. Herman Kahn, un guru de los 70, afirmaba que en el 2000 la gran potencia sería Francia; quitando a Sarkozy no creo que haya nadie ahora mismo que considere eso como una profecía afortunada. En los 80, unos pocos años antes de que reventase la burbuja inmobiliaria japonesa, los analistas nos recomendaban que fuésemos aprendiendo japonés y nos fuésemos entusiasmando por el sushi, porque era la tendencia del futuro. Captado el mensaje, que tiene su parte de razón: si tantos gurus equivocaron sus predicciones en el pasado, ¿por qué deberíamos pensar que esta vez con respecto a China están acertando?

China no tiene otra opción más que crecer a toda máquina. De otra manera, sería incapaz de crear suficientes puestos de trabajo. Una gran masa de desempleados crearía tensiones sociales y políticas explosivas. Pero un crecimiento rápido y descontrolado también tiene sus riesgos. Smick piensa que China es una burbuja y que tarde o temprano pinchará. Cuando pinche, lo más verosímil es que intente salir del marasmo invadiendo los mercados mundiales con bienes manufacturados baratos, lo que creará presiones deflacionarias en todo el mundo. Los precios de las materias primas subirían enormemente, sobre todo por la acción de los especuladores, antes de desplomarse. También habría otra posibilidad y es que las autoridades chinas decidiesen repatriar sus capitales en el exterior para tratar de comprar paz social ante un pinchazo de la burbuja. En este caso, el resto del mundo se vería sometido a presiones inflacionarias.

Smick desconfía de China, no sólo porque se la jugaron con China Cement, sino porque cree que su economía tiene varios desequilibrios fundamentales. China necesita tecnología extranjera, que le llega en forma de inversiones directas y especializadas, y al mismo tiempo es exportadora de capital. Tiene la necesidad de integrar la mano de obra del interior sin generar inflación al mismo tiempo. Posee un sistema bancario que tiene todas las características de un casino. La política del hijo único consiguió frenar un crecimiento de la población que era insostenible, al precio de crear una bomba de relojería demográfica. Debe hacer frente problemas graves: corrupción, masivo despilfarro de recursos, degradación medioambiental, desigualdades económicas abrumadoras, y tiene que hacerles frente confiando que la economía global siga expandiéndose de forma que siga absorbiendo su producción y que no se vuelva al proteccionismo comercial. Y todo eso debe conseguirlo sin los intrumentos refinados y adecuados de la política monetaria y dependiendo enormemente en técnicas de control burocrático, de las que se puede decir todo menos que sean ágiles y flexibles.

Resumiendo el libro en unas pocas frases: el sistema neoliberal es muy bueno, no nos lo carguemos a causa de esta crisis. Y los chinos son muy malos.

lunes 14 de diciembre de 2009

El mundo es curvo (1)



David M. Smick es un consultor financiero y preside Johnson Smick International, una asesoría internacional de Washington. También es el autor de "The world is curved" ("El mundo es curvo"), que versa sobre la globalización y la crisis actual.

El problema de Smick es explicar cómo un sistema tan maravilloso como el que teníamos, y en el que, incidentalmente, él ha hecho tanto dinero, ha podido colapsarse de esta manera. Porque para Smick está claro que los últimos 25 años han sido la repanocha: "Mi tesis: que la integración de los mercados financieros mundiales durante el pasado cuarto de siglo condujo a una edad de oro de creación de riqueza y reducción de pobreza nunca antes vista en la Historia de la Humanidad." Esto fue posible gracias a las innovaciones introducidas por una clase empresarial global, dispuesta a asumir riesgos, que ha sido la que ha permitido que las economías entren en una dinámica en la que están continuamente reinventándose. Esto fue posible por "un sistema financiero global modernizado de colocación de capitales, valoración del riesgo e inversiones transfronterizas dentro de un clima de libre comercio."

En opinión de Smick el libre flujo no regulado de capitales es un bien, que ha permitido la riqueza de estos años. Incluso para los "hedge funds", que tras la debacle del verano de 2008, se han convertido en las bestias negras, Smick tiene palabras de elogio. Los "hedge funds" serían unos pioneros, los primeros que habrían aprendido a aprovechar las ventajas de la nueva arquitectura financiera global. Los "hedge funds" habrían permitido a pequeños negocios que empiezan acceder a créditos que la banca tradicional no les habría concedido. Los "hedge funds" no crean distorsiones en los mercados, sino que reflejan las distorsiones existentes. Más bien serían un indicador creíble de por dónde van los mercados y si las decisiones de los Estados y las empresas son coherentes con la coyuntura. Por ejemplo, la subida en 2007 y 2008 de los precios de las materias primas no se debió a un acuerdo secreto de los "hedge funds", que estuvieran especulando, sino a que acertadamente tomaron en cuenta que varios Estados, empezando por China, estaban acumulándolas. Los "hedge funds" no ocasionaron la subida, sino que reaccionaron a ella. Aceptemos que en el caso de la subida de los precios de las materias primas los "hedge funds" no estuvieran especulando ni maniobrando los hilos entre bastidores. Pero, ¿y la sucia historia de cuando en 1998 varios "hedge funds" maniobraron para forzar al gobierno de Hong Kong a hacer una de dos cosas: o devaluar el dólar de Hong Kong (y así ganar con el tipo de cambio, ya que habían comprado dólares de Hong Kong por dólares americanos), o elevar los tipos de interés, lo que haría bajar la Bolsa, acontecimiento por el que habían apostado? Si seguimos el pensamiento de Smick, estaban "ayudando a los mercados a converger y a hacerse más eficientes. Sin ellos, las ineficiencias pueden existir en el mercado por un largo período de tiempo..." Y encima tienen la suerte de forrarse mientras ayudan a los mercados (este comentario es mío, evidentemente).

A pesar de todo, a Smick no le queda más remedio que reconocer que la globalización y el neoliberalismo han tenido sus puntos negros. Si no los hubieran tenido, no estaríamos ahora donde estamos. El mundo se ha vuelto más inseguro: el trabajador tiene que estar continuamente a la búsqueda de oportunidades; la antigüedad ya apenas cuenta, el trabajador tiene que estar reinventando su carrera continuamente; hay que estar gestionando e invirtiendo los ahorros todo el tiempo, ya que no podemos fiarnos de las pensiones y los bajísimos tipos de interés se comen los ahorros no invertidos. Esta inseguridad se extiende hasta las grandes compañías. El modelo empresarial que había sido exitoso durante décadas, ahora puede verse amenazado en pocos años por una empresa nacida de la nada: IBM vió como Microsoft le comía el terreno y ahora Microsoft se ve amenazado por gente como Google. Los beneficios de la globalización se han distribuido desigualmente, como bien sabe Smick, que ha hecho una fortuna con el sistema. La era de la globalización ha traído mayor volatilidad en los mercados financieros. Al menos, como contrapartida, las tasas de inflación y de desempleo se han hecho menos volátiles.

A Smick le preocupa que la crisis traiga consigo un estado de ánimo antiglobalizador y que el Estado trate de establecer normas que destruyan la globalización. El tipo de normas que le preocupan son: que se pongan trabas a los movimientos de capital y a la inversión; que se caiga en la tentación populista de la guerra de clases y se adopten , por ejemplo, políticas fiscales muy agresivas contra las grandes fortunas o las rentas de capital; que volvamos al proteccionismo. Con respecto a lo primero, hasta el FMI, en vista de la experiencia de la crisis asiática de 1997 y de otras experiencias, ha empezado a reconocer que los mercados financieros completamente desregulados puede que no sean tan buena idea, sobre todo en las economías emergentes. Con respecto a lo segundo, me llama la atención que Smick detecte un problema de desigualdad en China, sobre todo entre la población rural y la urbana, que habría que atajar, y no lo detecte en Estados Unidos, donde los millonarios son vistos como héroes. Pero Smick apunta dos ideas que explican la dificultad de reducir la disparidad en los ingresos. Por un lado, una fiscalidad muy progresiva, con una imposición elevada a las rentas altas, acaba aguzando el ingenio de esas rentas elevadas y de sus abogados, para lograr que una parte menor de sus ingresos sean tasables. Los impuestos a las rentas de capital provocan que esos capitales emigren en busca de países con una fiscalidad menos onerosa. Smick se cuida aquí de advertir que lo mismo que los acuerdos internacionales pueden servir para reducir aranceles y fomentar el libre comercio, también podrían servir para asegurarse que los Estados no inicien una guerra de quién tiene la imposición más baja para atraer capitales.

En todo caso, los reguladores estatales podrían hacer más mal que bien, por varios motivos. El primero es que el sector privado ya mueve capitales que decuplican los de los Estados. Ya han pasado los tiempos en los que los bancos centrales podían hacer ajustes económicos finos subiendo o bajando una décima de punto los tipos de interés. El segundo es que la globalización es un fenómeno tan complejo, que uno puede preguntarse si los políticos y los legisladores han entendido tan bien como funciona que puedan regularlo con éxito. Reconozco que se me viene a la cabeza una sesión del Congreso discutiendo sobre el Proyecto de Ley para Regular la Malvada Globalización, con sus señorías bostezando e insultándose, y veo que Smick tiene su parte de razón. Smick dice: "Después de todo, si los principales reguladores del mundo industrializado, bancos centrales incluidos, lo tuvieron tan difícil para imaginarse lo que estaba pasando durante la crisis de las hipotecas basura, ¿por qué deberíamos sentirnos tranquilos de que esas mismas personas podrían manejar las implicaciones financieras de un ataque terrorista?" Válida observación, pero ¿no se les podría aplicar también a los banqueros y financieros que ni vieron venir la crisis ni supieron cómo gestionarla en sus primeros momentos (aunque ello no les quitó de exigir sus primas)? Tal vez la globalización sea un puzzle tan complicado, que ni políticos, ni financieros, ni grandes empresarios hayan terminado de entender sus implicaciones. Ni ellos, ni Smick.

sábado 12 de diciembre de 2009

M.E.M.E.


Parece que la idea de abrir una oficina en Camboya se le ocurrió a Benjamín Romero, el flamante Director para Mercados Asiáticos y del Próximo Oriente. Romero tenía sonrisa de anuncio de dentífricos, conseguida a base de visitas trimestrales al dentista de 200 euros cada una, y la ambición de llegar a Consejero Delegado, ya fuera de nuestra empresa o de otra cualquiera, antes de los 45 años. Romero debió de pensar que nada decora más un currículo que haber abierto un nuevo mercado y por eso promovió la apertura de Camboya. Donde nuestras suposiciones se agotan es ante la pregunta: ¿por qué coño Camboya? El mercado camboyano no destaca por su demanda de cosméticos (nuestra principal línea de negocio) y Phnom Penh no es la plataforma que uno escogería para saltar al resto del Sudeste Asiático. Así pues asumimos que, o bien Romero quería visitar Angkor Wat a costa de la empresa, o bien no tenía ni pajolera idea de geografía asiática y había confundido Phnom Penh con Bangkok.

La persona designada para abrir la oficina fue José Riquelme. De Riquelme se decía que era un trepa sin escrúpulos. Eso, según los que le apreciaban. Los que no, afirmaban que era un trepa sin escrúpulos y un hijoputa completo. La verdad suele estar a medio camino, pero en este caso la verdad se acercaba más a la segunda opinión.

Riquelme abrazó el proyecto de Camboya con entusiasmo. Nada impulsa más una carrera que haber abierto una oficina en el extranjero. El añito que calculó que pasaría en Phnom Penh le serviría para relanzar su carrera y tal vez regresar de Jefe de Departamento. Nosotros también abrazamos con entusiasmo la idea de que Riquelme se fuera a Camboya: las puñaladas traperas en la oficina caerían un 30% y la posibilidad de que alguien envenenase la fuente de agua se reducirían un 12% (estimaciones de uno de los analistas de mercado).

Riquelme aterrizó en Camboya, alquiló un despacho en el área de negocios del Hotel Camboyana y se sentó a esperar el nombramiento de Representante para Camboya (o para Camboya y Sudeste Asiático, si las cosas se le daban bien). El nombramiento nunca llegó. Romero había leído un papel confidencial sobre la estrategia de la empresa para los próximos 5 años y se había dado cuenta de que el esfuerzo inversor iba a ir a Iberoamérica. Su puesto actual era un callejón sin salida. Lamió un par de culos aquí y allá, sonrió a quienes tenía que sonreír con sus dientes de 200 euros la visita y a los dos meses se fue de Representante para Colombia. Su sucesor en el Departamento para Mercados Asiáticos y del Próximo Oriente también había leído el papel confidencial sobre la estrategia y dedicó lo mejor de sus esfuerzos a tratar de salir de ese Departamento con tan poco futuro. De pronto Riquelme, de potencial Representante para Camboya se vio convertido en J.O.DE.R (“José Ocioso DEprimido y Rabioso”, según el mote que le pusimos; no puedo decir que en los servicios centrales le echáramos mucho en falta).

La historia de la fallida oficina camboyana habría terminado sin pena ni gloria con J.O.DE.R. de vuelta en los servicios centrales, si en ese momento no se hubiera cruzado Menéndez.

Menéndez se llamaba Manuel, pero nadie le llamaba por el nombre de pila. Nadie le quería llamar Don Manuel, porque nos parecía que no se merecía el honorífico “Don”. Por otra parte, tampoco nos salía llamarle Manuel. Manuel es un nombre entrañable, que te hace pensar en el compañero con el que jugabas al fútbol en el patio del colegio o en el quiosquero que te vende la prensa por las mañanas. No es un nombre que aplicarías a un tipo de metro noventa y ciento veinte kilos de peso, con el cráneo rapado y que opina que todas las mujeres son idiotas, y los hombres, también. Menéndez llevaba treinta años en la empresa y todavía no se sabía para qué podía servir. Había rotado por todos los departamentos y de todos lo habían echado. Eso sí, cada vez que se lo quitaban de encima le daban una patadita para arriba, porque resulta que la hermana de Menéndez estaba casada con el Presidente de la compañía.

En aquellos días Menéndez estaba entre puesto y puesto. Menéndez ocioso era todavía más peligroso que Menéndez ocupado, porque se le ocurrían más ideas que de costumbre. Se enteró de la situación creada con Camboya y de alguna manera dio en pensar que ésa podía ser la plataforma para impulsar su errática carrera profesional. Camboya se había convertido en tal patata caliente, que nadie le quiso sacar de su engaño. Así fue como Menéndez luchó y consiguió que le designaran encargado para Camboya, aunque, como el nombre del cargo le sabía a poco, hubo que redenominarlo “Encargado en Misión Especial para Camboya” o, como nosotros lo designamos, “M.E.M.E.” (Menéndez En Misión Especial).

Muy desocupado o con muchas ganas de ascender debía de estar M.E.M.E., porque se le ocurrió una idea aún mejor: su puesto debía ejercerlo desde Camboya. “Pero si no tenemos oficina allí”, intentaron decirle los de Recursos Humanos, pero M.E.M.E. estaba imparable y el Presidente de la compañía estaba intentando que su mujer, la hermana de M.E.M.E., se olvidase de un sospechoso viaje de negocios que había realizado a Río de Janeiro durante los carnavales. Es decir, que estaba en uno de esos momentos en los que no le podía negar nada a M.E.M.E.

Así fue como nos encontramos en Phnom Penh con una no-oficina de 10 metros cuadrados, sin secretarias ni presupuesto de funcionamiento, pero con dos expatriados que se odiaban a muerte.

La no-oficina no producía resultados, ni se esperaba que los produjese, pero trabajo sí que nos daba. Por la mañana recibíamos un fax de M.E.M.E. informándonos de que había excelentes perspectivas para cerrar un acuerdo con un distribuidor de cremas anti-envejecimiento, que era primo del Primer Ministro Hun Sen y que tenía el monopolio de los cosméticos en el este del país y en la capital. A mediodía, J.O.DE.R. nos mandaba un correo electrónico, para decirnos que el distribuidor al que aludía el fax era un paranoico famoso en la capital, que la semana anterior se presentaba como sobrino del Rey Sihamoni, y concluía recomendando el cierre de la no-oficina. Luego, a media tarde, tocaba llamada encolerizada de M.E.M.E. diciendo que olvidásemos el negocio del fax, porque J.O.DE.R. con su torpeza había molestado al distribuidor de cremas anti-envejecimiento y éste había dicho que ya no quería colaborar con nosotros. A los 10 minutos, llamada discreta de J.O.DE.R., aprovechando que M.E.M.E. había ido al baño: que él no había estropeado ningún negocio, que el distribuidor estaba loco y que en todo caso a quién se le ocurría vender cremas anti-envejecimiento en un país donde el 50% de la población tenía menos de 30 años.

La solución obvia hubiera sido cerrar la no-oficina, pero descubrimos que no era tan sencillo. M.E.M.E. estaba encantado de sentirse jefe, aunque fuera de una no-oficina que no existía en el organigrama, y de tener subordinados, aunque sólo fuera uno y éste uno fuera J.O.DE.R. El nuevo jefe del Departamento para Mercados Asiáticos y del Próximo Oriente ya había asimilado la máxima organizativa de que eres tan importante como gente y oficinas dependen de ti y no quería de ninguna manera que se cancelase el proyecto de Camboya; no había presupuesto para abrir realmente la oficina, pero eso no significaba nada comparado con la importancia de mantener su prestigio. Benjamín Romero, desde Bogotá, se había enterado de los problemas en Phnom Penh y tampoco quería que se cerrase la no-oficina. Había sido su proyecto y algún trepa ambicioso podría presentarlo como un fracaso (lo que era por otra parte) para echarle un baldón en su carrera. Para rematar, el Presidente de la compañía había descubierto que vivía muy bien teniendo a su cuñado a miles de kilómetros de distancia y no tenía ninguna prisa en llamarle.

Los que sí nos preocupábamos por temas como el presupuesto, los recursos humanos y seguir los procedimientos establecidos, nos reunimos para tratar de buscar una solución al problema de la no-oficina de Phnom Penh. Estuvimos reunidos dos horas. Abordamos el problema desde todos los ángulos posibles. Lo tomáramos como lo tomáramos, resultaba intratable. Fue entonces cuando a Benítez, de Recursos Humanos, se le encendió la bombilla: “A ver, tenemos a M.E.M.E. lejísimos con una sola persona a mano a la que dar la vara, que es el trepa de J.O.DE.R., y tenemos a J.O.DE.R. en el mismo sitio con una sola persona a la que apuñalar por la espalda, que es el rayo que no cesa de M.E.M.E. ¿Cuál es el problema?” Clausuramos la reunión con la satisfacción del deber cumplido: finalmente no se cerraría la no-oficina de Phnom Penh.

jueves 10 de diciembre de 2009

Tres resoluciones de NNUU sobre el Tibet

Hace muchos años conocí a Antonio. Cada semana Antonio hacía una quiniela. Sabía que las posibilidades de que le tocase eran casi nulas, pero él insistía en hacerla. A veces parece que Naciones Unidas aplicase la misma lógica que Antonio. Sabe que algunos de los temas que toca son intratables, pero aun así, insiste en hacer resoluciones al respecto.

En marzo de 1959 tuvo lugar el levantamiento tibetano, que fue salvajemente suprimido por los chinos, que pusieron fin a cualquier sombra de autonomía que le quedase al país, que habían invadido en 1951. En julio de ese año la Comisión Internacional de Juristas publicó un informe preliminar titulado “La cuestión del Tibet y el Estado de Derecho”. El informe utilizó en gran medida documentación y materiales aportados por un miembro del Tribunal Supremo de la India, Purshottam Trikamdas. Cierto que la India no había visto con simpatía la invasión del Tibet y que no iba a defender una postura pro-china, pero los materiales aportados convencieron a la Comisión que elaboró un informe de 208 páginas. Los puntos principales del Informe fueron los siguientes: 1) Aunque la Historia del Tibet ha sido peculiar, puede concluirse que en 1951 era un país independiente que gozaba de una amplia soberanía, por lo que China no puede alegar que los sucesos del Tibet son una cuestión interna; 2) China había violado los términos del Acuerdo de 17 puntos que firmó en 1951 con Tibet, con lo que éste quedaba desvinculado del mismo y recuperaba la soberanía que entregó al firmar dicho acuerdo, 3) Ha habido tal cantidad de violaciones de los Derechos Humanos, que hay indicios de que podríamos estar ante un caso de genocidio.

En octubre de aquel año el Dalai Lama intervino ante la Asamblea General de NNUU y Malasia e Irlanda presentaron un proyecto de resolución sobre el Tibet. La Resolución 1353 (XIV) es una resolución bastante comedida. No menciona a China en ningún momento, aunque tampoco hacía falta. Tampoco utiliza el palabro “independencia”, sino que se limita a aludir a “la herencia distinta cultural y religiosa del pueblo del Tibet y la autonomía de la que tradicionalmente han disfrutado”. Lo único que pedía esta resolución tan modestita era “el respeto de los derechos humanos fundamentales del pueblo tibetano y de su vida religiosa y cultural diversa.” La resolución fue aprobada por 45 votos a favor, 9 en contra y 26 abstenciones. El bloque soviético y la India votaron contra la resolución alegando que violaba el artículo 2.7 de la Carta de las Naciones Unidas, que le prohíbe intervenir en asuntos que pertenecen esencialmente a la jurisdicción interna de los Estados. La República Popular China no votó ya que en aquella época no era miembro de la organización; si hubiera podido votar no cabe duda de cómo lo habría hecho.

Algunos puntos curiosos sobre esta resolución. En “Malaysia: Fifty years of diplomacy 1957-2007”, Chandran Jeshurun afirma que más o menos con esta resolución lo que Malasia quería es sacar pecho en la arena internacional, mostrando que, aunque un país joven, era capaz de tener protagonismo. Jeshurun habría podido añadir que en 1959 Malasia aún se encontraba bajo la Emergencia (la lucha contra la guerrilla comunista, básicamente compuesta por miembros de la etnia china) y que no le tenía ninguna simpatía a la China comunista. El voto negativo de la India es un poco más difícil de explicar. Desde un punto de vista geoestratégico, a la India le resultaba mejor tener un Tibet independiente que le separase de China como vecino, que tener a la propia China. El entonces Primer Ministro indio, Jawaharlal Nehru, en temas de política exterior combinaba inteligencia, idealismo e ingenuidad, lo que es una combinación muy peligrosa. Por aquellos años Nehru practicaba la política de “Afecto mutuo India-China” y por ello se puso del lado de China. Los frutos de esa política se verían en 1962 durante la guerra chino-india. No he podido aclarar si China utilizó el texto de la declaración para limpiarse los mocos o como papel higiénico.

En 1960 la Comisión Internacional de Juristas volvió a la carga con un nuevo informe: “Tibet y la República Popular China”. El Informe afirmó en esta ocasión que estábamos ante un caso de genocidio dirigido contra los tibetanos en tanto que grupo religioso. En cambio, no consideró que hubiese suficiente fundamento como para poder hablar de un genocidio de los tibetanos en tanto que raza, nación o grupo étnico. El informe también encontró que se habían violado tantos sus derechos humanos como sus derechos económicos y sociales. En varios momentos se señala cómo los recursos ecónomicos del Tibet se estaban utilizando en provecho de China y cómo a los tibetanos se les negaban unas condiciones de vida razonables para facilitar el asentamiento de chinos en el país. El Informe insistió en que China se había pasado por el forro el Acuerdo de 17 puntos de 1951 y que Tibet era soberano. Tampoco tengo claro si China utilizó como pañuelo o como papel higiénico este documento.

A NNUU se le podrá acusar de muchas cosas, pero no de ser asequible al desaliento. Cuando emite una resolución sobre un asunto y ve que pasa el tiempo y que el Estado concernido no hace nada para resolver la situación sobre la que se le ha llamado la atención, NNUU no se arredra. Pone manos a la obra y… ¡formula otra resolución! Esto pasó con el Tibet en 1961.

En 1961 Malasia e Irlanda volvieron a patrocinar una resolución sobre el Tibet. En esta ocasión se les unieron como patrocinadores Honduras y Thailandia. Ignoro las razones de Honduras para interesarse por la suerte del Tibet, pero las de Thailandia me las puedo imaginar. En aquel entonces era Primer Ministro el ultraderechista Sarit Thanarath y para él y todos los ultraderechistas en la región, de los cuales había un puñado, la China comunista era el coco.

La resolución 1723 (XVI) de 1961 comienza recordando la resolución 1353 (XIV), que es la manera cortés que tiene NNUU de decir: “Tíos, que no me habéis hecho ni caso”. La resolución agudiza un poco el lenguaje y habla de “la violación de los derechos humanos fundamentales del pueblo tibetano y la supresión de la vida diversa cultural y religiosa”, que tradicionalmente ha llevado, y se hace eco de éxodo de los tibetanos a los países vecinos. El punto clave de la resolución es su punto segundo, donde pide el cese de las prácticas que privan al pueblo tibetano de sus derechos humanos fundamentales y de sus libertades, “incluyendo su derecho a la autodeterminación”. Esta resolución ya jode un poco más. Al leerla hay que tener en cuenta que el año anterior la Asamblea General de NNUU había aprobado la resolución 1514 (XV) sobre el derecho a la autodeterminación de los pueblos y que 1960 había sido el gran año de la descolonización, en el que un buen número de países africanos alcanzaron la independencia.

En esta ocasión los votos favorables fueron 56, los contrarios 11 y las abstenciones, 29. La India, que seguía sin enterarse de nada, a pesar de que acogía en su territorio al gobierno tibetano en el exilio, volvió a votar en contra.

Entre 1961 y 1965 pasaron muchas cosas en Asia. EEUU empezó a participar activamente en la guerra de Vietnam. Sukarno en Indonesia inició una carrera hacia ninguna parte, que acabaría sangrientamente en el otoño de 1965 con la masacre de centenares de miles de miembros y simpatizantes del Partido Comunista de Indonesia. En 1962 Nehru se cayó del guindo con los chinos cuando éstos le atacaron y le sacudieron bien por unos cuantos glaciares que había en la ahora frontera común. El gobierno tibetano en el exilio elaboró un borrador de constitución que combinaba budismo y democracia, para que lo votasen los tibetanos cuando el problema con China hubiese terminado. Es triste que muchos gobiernos necesiten el exilio para ver la luz. Mao Zedong rompió con la URSS, cuando ésta empezó a cuestionar el legado de ese camarada psicópata tan simpático que se llamó Josif Stalin, y durante 1965 empezó a preparar la Revolución Cultural, que dejaría pequeñas las barbaridades del Gran Salto Adelante.

Repitiendo un patrón que empieza a ser familiar, la resolución de 1965 vino precedida por un nuevo informe de la Comisión Internacional de Juristas, dado a conocer en diciembre de 1964. Esta vez el informe se tituló “Violaciones continuadas de los Derechos Humanos en Tibet”. No pudiendo acceder al interior del país, el informe se basó esencialmente en testimonios de refugiados. A. Tom Grufeld, el autor del muy pro-chino “The making of modern Tibet” señala que ésa no es la manera de hacer un informe. Los refugiados llegan traumatizados, asustados y cansados y no son los testigos más objetivos del mundo. Es cierto, dado que los chinos no tenían nada que esconder, hubieran podido dejar a los miembros de la Comisión entrar en el Tibet para elaborar su informe. ¿Por qué no querrían hacerlo? Este tercer informe no aporta nada esencialmente nuevo. Es un nuevo elenco del tratamiento que las fuerzas de ocupación aplicaban a los tibetanos, especialmente al elemento religioso.

La resolución 2079 (XX) de 18 de diciembre de 1965 fue patrocinada por los mismos países que patrocinaron la de 1961, más Nicaragua y Filipinas. la resolución no aporta elementos nuevos, porque tampoco había mucho más que decir que no se hubiera dicho antes. Recuerda las resoluciones anteriores que a China le habían importado una higa y expresa su grave preocupación por la violación continuada de los derechos fundamentales y de las libertades del pueblo tibetano, que había quedado en evidencia por el éxodo de refugiados. La resolución renueva “solemnemente” (el adverbio aquí suena como si dijera: lo voy a decir más alto a ver si así me hacen más caso) su llamamiento en favor del cese de todas las prácticas que privan al pueblo tibetano de los derechos humanos y las libertades fundamentales de las que siempre habían disfrutado. Teniendo en cuenta el régimen teocrático que había imperado hasta la invasión china, no es decir mucho. Aunque si tenemos en cuenta el número de exiliados antes de 1951 y después de 1951, parece que los tibetanos vivían mucho más contentos antes de la invasión china.

La resolución fue aprobada por 43 votos a favor, 26 en contra y 22 abstenciones. Esta vez la India sí que votó a favor y es que nada hace más para cambiar de opinión que una buena guerra. El aumento de los votos en contra habría que atribuirlo a que muchos de los nuevos estados independientes habían optado por una política exterior más próxima al bloque socialista que al occidental.

Tras esta resolución, NNUU perdió el interés por el Tibet y más después de que en 1971 la República Popular China ingresase en la organización como uno de sus miembros permanentes, ocupando el puesto que hasta entonces había venido detentando Taiwán.