Uno no puede ser filipino si no tiene un apodo. Pienso que en las familias filipinas los padres pasan más tiempo el apodo que pondrán al niño que va a nacer, que discutiendo sobre el nombre. Aunque no sé porqué, porque al final los apodos suelen ser bastante poco imaginativos: o bien son versiones acortadas del nombre, o bien consisten en variantes de la palabra “baby” o “jun” (por “junior”). Un libro que daba pistas sobre cómo saber si eres filipino decía: eres filipino cuando una de tus hermanas o de tus tías se apoda “Baby” o “Babes”.
Cuando fui a inscribirme a una universidad filipina para hacer un máster, en el formulario de inscripción una de las casillas decía: “Apodo”. La dejé en blanco. Cuando la secretaria cogió el formulario, torció la cabeza.
- Está incompleto. No ha rellenado la casilla del apodo.
- Es que no tengo apodo.
Me miró sorprendida. Encontraba más alucinante que no tuviera apodo que el hecho de que fuera un elefante que hablaba.
- Pero eso no puede ser. Todo el mundo tiene un apodo.- Me enseñó varias de las fichas: “Teresa, “Tess”, Curia”, “Amelia, “Baby”, Sanjuan”, “Romeo, “Rommy”, Sangalan.
- Vale. Mi apodo es “Tiburcio”.
Eso la satisfizo. Durante todo ese año fui “Tiburcio, “Tiburcio”, Samsa”.
Cuando nació nuestra hija tuvimos la clásica pelotera por los nombres. Yo quería ponerle Urraca Soraya. Urraca, porque es un personaje histórico que me cae muy bien. Eso de encerrarse en Zamora y empecinarse, tuvo su aquel. Encerrarse en Sevilla o Granada tiene menos mérito: a ver quién es el guapo que no haría lo mismo, con lo bien que se está allí, pero Zamora… Además debía de ser una mujer que no se andaba con chiquitas, cuando vio que sus hermanos se repartían los reinos de papá y a ella la dejaban una mierdecilla de ciudad donde se pasaba un frío que te pelas, anunció que iría por los campos y se entregaría al primero que pasase: si era cristiano, por placer y si moro, por dinero. Lo de Soraya es por la misma razón por la que contó en una entrevista cierta política con ese nombre. Dijo que le habían puesto el nombre: para solidarizarme con una mujer que fue discriminada por ser estéril (la primera mujer del Shah de Persia). Bueno, esto es lo que digo cuando me preguntan. Los íntimos saben que me gusta Soraya porque soy un hortera y me fascinan los nombres que aparecen en el “Hola”.
Mi mujer tragaba con lo de Soraya (ella también es muy solidaria), pero no veía claro lo de Urraca. Prefería Marie. Llegamos al siguiente acuerdo: la niña se llamaría Urraca Soraya, pero su apodo sería “Marie”. Fue un acuerdo inútil, al final el apodo de la niña ha sido Caicai, porque se pasó sus primeros cuatro años de vida repitiendo la sílaba “cai”. Cuando ya era mayor, le pregunté porqué se había pasado media infancia diciendo “cai” y no había empezado a hablar hasta los cuatro años. Su explicación fue la siguiente:
- De pequeña me di cuenta de que cuando decía “cai” lo conseguía todo. Te decía “cai” a ti e interpretabas que estaba intentando decir “¿Qué hay?” y te ponías a explicarme lo que estaba sucediendo. Para mamá “caicai” significaba que estaba tratando de decir “kakain” (“vamos a comer” en tagalog) y me daba la comida. La empleada interpretaba “caicai” como “caca” y me cambiaba el pañal. Con una simple sílaba lo tenía todo resuelto.
- Si te funcionaba tan bien, ¿por qué empezaste a hablar a los cuatro años?
- Me había encaprichado con un vestidito que quería que me comprárais, pero diciendo sólo “caicai” no había manera de que me entendiérais.